Probióticos para las Defensas: Qué Dice la Ciencia

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En la Unión Europea no existe ninguna declaración de salud autorizada que vincule los probióticos con «reforzar las defensas»: esa alegación concreta está fuera de la lista cerrada del Reglamento (CE) 1924/2006. Las únicas declaraciones inmunitarias autorizadas corresponden a las vitaminas C, D, A, B6, B12, el folato, el zinc, el selenio, el hierro y el cobre. Eso no significa que los probióticos no sirvan de nada: hay evidencia de calidad moderada-baja, dependiente de la cepa concreta, sobre su efecto en infecciones respiratorias leves y en la diarrea asociada a antibióticos. Si tienes el sistema inmunitario comprometido, sigues un tratamiento oncológico o estás en estado crítico, no los tomes sin hablarlo antes con tu médico.
Buscar «probióticos para las defensas» se dispara cada otoño e invierno, cuando suben los catarros y las farmacias llenan el escaparate de cápsulas con bífidobacterias. Buena parte del marketing que rodea a estos productos se apoya en una idea que suena lógica —«gran parte del sistema inmunitario está en el intestino, así que cuidar la microbiota cuida las defensas»— pero que simplifica mucho una relación real y compleja. En esta guía repasamos qué dice la normativa europea sobre lo que se puede afirmar, qué evidencia científica hay realmente detrás (por tipo de cepa, no en genérico) y qué tiene sentido priorizar antes de gastar dinero en un bote de cápsulas.
Qué son los probióticos y qué relación real tienen con las defensas
Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidad adecuada, confieren un beneficio a la salud de quien los toma; esa es, resumida, la definición de consenso que adoptaron en su día la FAO y la OMS y que después ha mantenido la comunidad científica. No es un único producto ni un único mecanismo: bajo el paraguas «probióticos» conviven géneros distintos —Lactobacillus, Bifidobacterium, Saccharomyces, entre otros— y, dentro de cada género, cepas concretas con propiedades que no son intercambiables entre sí. Esto explica por qué la ciencia avanza despacio en este terreno: un estudio que demuestra un efecto con la cepa Lactobacillus rhamnosus GG no permite concluir nada sobre otra cepa distinta, aunque el bote de la farmacia use la misma palabra «probiótico» en la etiqueta.
Microbiota intestinal y sistema inmunitario: el eje real
Una proporción muy alta del tejido linfoide del organismo —el llamado GALT, tejido linfoide asociado al intestino— reside precisamente en la pared intestinal, un dato bien establecido en inmunología que explica por qué el intestino y el sistema inmunitario se comunican de forma constante. La microbiota intestinal, los billones de bacterias que viven en el colon, entrena a ese tejido inmunitario, compite con patógenos por espacio y nutrientes, y produce metabolitos —como los ácidos grasos de cadena corta— que modulan la inflamación. Hasta aquí, la fisiología está bien documentada.
Lo que no está tan claro es el siguiente paso: que tomar un suplemento probiótico concreto, durante unas semanas, modifique de forma medible y sostenida esa comunicación hasta el punto de traducirse en menos catarros o menos días de baja laboral. Ese salto, de la fisiología general a un producto y una dosis concretos, es exactamente el que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) revisa caso por caso, y hasta la fecha no ha encontrado, en las solicitudes evaluadas, pruebas suficientes para autorizar una declaración de salud que vincule un probiótico con el sistema inmunitario.
Qué dice —y qué no dice— la ciencia sobre «probióticos y defensas»
Que la relación exista a nivel biológico no equivale a que cualquier producto con la palabra «probiótico» en el envase tenga un efecto clínicamente relevante y demostrado sobre las infecciones. La literatura científica sobre probióticos e inmunidad arrastra tres limitaciones recurrentes que conviene conocer antes de sacar conclusiones:
- Heterogeneidad de cepas: cada ensayo usa una cepa, una dosis y una formulación distintas, lo que dificulta comparar resultados o generalizarlos a «los probióticos» como categoría única.
- Tamaños muestrales modestos: muchos ensayos clínicos en este campo incluyen unas pocas decenas o centenas de participantes, lo que limita la potencia estadística de las conclusiones.
- Financiación con conflicto de interés: buena parte de la investigación en probióticos comerciales está financiada por los propios fabricantes, un sesgo que los organismos reguladores tienen en cuenta al evaluar cada solicitud.
Qué puede decir legalmente una marca de probióticos en la UE (y qué no)
La Unión Europea regula con detalle qué se puede afirmar sobre un alimento o complemento en materia de salud. El marco lo fijan el Reglamento (CE) 1924/2006, sobre declaraciones nutricionales y de propiedades saludables, y el Reglamento (UE) 432/2012, que aprobó la lista cerrada de declaraciones autorizadas. Si una alegación no está en esa lista, no se puede usar en el etiquetado, la publicidad ni la comunicación comercial del producto, con independencia de lo extendida que esté la creencia popular.
En esa lista cerrada no figura ninguna declaración de salud para probióticos relacionada con el sistema inmunitario. Las que sí están autorizadas, y que verás repetidas en cientos de etiquetas de complementos, son estas:
| Nutriente | Declaración autorizada (resumida) | Fuentes alimentarias principales |
|---|---|---|
| Vitamina C | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Cítricos, pimiento, kiwi, brócoli |
| Vitamina D | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Pescado azul, huevo, exposición solar |
| Vitamina A | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Hígado, zanahoria, lácteos enteros |
| Vitamina B6 | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Legumbres, aves, pescado |
| Vitamina B12 | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Carne, huevo, lácteos, marisco |
| Folato (B9) | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Verdura de hoja verde, legumbres |
| Zinc | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Carne, marisco, legumbres, frutos secos |
| Selenio | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Nueces de Brasil, pescado, cereales |
| Hierro | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Carne roja, legumbres, espinacas |
| Cobre | Contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario | Marisco, frutos secos, cacao |
| Probióticos | Sin declaración autorizada para el sistema inmunitario | — |
Fíjate en un detalle: todas las declaraciones autorizadas usan la misma fórmula prudente, «contribuye al funcionamiento normal», nunca «refuerza», «potencia» o «blinda» las defensas. Esa diferencia de redacción no es casual: la EFSA solo autoriza declaraciones que describan una función fisiológica normal del nutriente, nunca un efecto de mejora por encima de lo normal ni una promesa terapéutica.
Por qué no hay una declaración autorizada para probióticos e inmunidad
No es que la EFSA no haya mirado la cuestión; al contrario. Se han presentado numerosas solicitudes de declaración de salud para cepas y productos probióticos concretos vinculados con la función inmunitaria, la resistencia a infecciones o la salud intestinal, y el patrón se repite: la evidencia aportada se considera insuficiente para establecer una relación de causa-efecto entre el consumo del producto y el beneficio alegado, casi siempre porque los estudios no identifican con claridad la cepa evaluada, usan medidas de resultado poco definidas o no son replicables. Mientras eso no cambie, cualquier anuncio que asegure que un probiótico «refuerza tus defensas» se está adelantando a lo que la evidencia regulada permite afirmar.
Evidencia científica real: qué funciona y para qué (y qué no)
Fuera del marco de las declaraciones de salud —que exige un estándar muy alto y una cepa concreta— sí existen revisiones sistemáticas y metaanálisis independientes, principalmente de la Colaboración Cochrane, que han estudiado usos concretos de cepas concretas. Aquí el matiz importa: hablar de «probióticos» en genérico es tan impreciso como hablar de «medicamentos» sin decir cuál. Esto es lo que la evidencia agregada sugiere para los usos más estudiados.
Infecciones respiratorias (resfriados y catarros)
Varias revisiones sistemáticas han analizado si tomar determinadas cepas probióticas de forma preventiva reduce la incidencia o la duración de las infecciones respiratorias de vías altas, básicamente el catarro común. La tendencia general de esos análisis apunta a una posible reducción modesta del número de episodios y de los días de síntomas en quienes toman ciertas cepas frente a placebo, pero los propios autores de las revisiones describen la calidad de la evidencia como baja o moderada: los estudios incluidos son heterogéneos en cepa, dosis y población, y varios tienen riesgo de sesgo. La conclusión prudente es que el efecto, si existe, es pequeño, depende de la cepa y no sustituye a las medidas con evidencia sólida: vacunación de la gripe cuando esté indicada, higiene de manos y un estado nutricional general adecuado.
Diarrea asociada a antibióticos
Este es el terreno donde la evidencia es algo más consistente. Varias cepas concretas —entre ellas Lactobacillus rhamnosus GG y la levadura Saccharomyces boulardii— cuentan con ensayos clínicos y metaanálisis que muestran una reducción del riesgo de diarrea mientras se toma un tratamiento antibiótico, sobre todo en niños. Aun así, las guías clínicas no lo recomiendan de forma universal para cualquier persona que tome antibióticos: la decisión depende del antibiótico concreto, la duración del tratamiento y el estado de salud de base. Si te han recetado un antibiótico y te preocupa la diarrea asociada, la pregunta que tiene sentido hacer a tu médico o farmacéutica es si en tu caso concreto tiene sentido añadir una cepa con evidencia específica para ese uso, separando la toma del probiótico y del antibiótico varias horas.
Salud digestiva general (hinchazón, tránsito, intestino irritable)
Fuera del contexto de antibióticos, algunas cepas muestran beneficios modestos en síntomas digestivos funcionales —hinchazón, tránsito irregular, molestias del síndrome de intestino irritable—, de nuevo con heterogeneidad alta entre estudios y sin que pueda generalizarse el resultado de una cepa a otra. La comunidad gastroenterológica suele considerarlo una opción razonable para probar durante unas semanas cuando otras medidas —fibra, hidratación, manejo del estrés— no bastan, sin plantearlo como tratamiento de primera línea para patología digestiva diagnosticada.
La siguiente tabla resume, de forma orientativa y no exhaustiva, qué géneros y cepas aparecen con más frecuencia en la literatura científica sobre estos usos y qué nivel de evidencia agregada tienen las revisiones sistemáticas disponibles. No es una recomendación de marca ni de producto concreto: sirve para leer una etiqueta con criterio, no para autodiagnosticarte.
| Género/cepa habitual en estudios | Contexto más investigado | Fuerza de la evidencia agregada |
|---|---|---|
| Lactobacillus rhamnosus GG | Diarrea asociada a antibióticos, diarrea infantil | Moderada |
| Saccharomyces boulardii (levadura, no bacteria) | Diarrea asociada a antibióticos, diarrea del viajero | Moderada |
| Lactobacillus casei / paracasei | Duración de infecciones respiratorias leves | Baja-moderada, resultados mixtos |
| Bifidobacterium lactis | Salud digestiva general, tránsito intestinal | Baja-moderada |
| Lactobacillus reuteri | Cólico del lactante, salud oral (población pediátrica) | Moderada en ese contexto concreto |
| Combinaciones multicepa | Resultados variables según formulación comercial | Heterogénea, difícil de generalizar entre marcas |
Un matiz importante: que una cepa aparezca en esta tabla no significa que cualquier producto que la contenga tenga la dosis, la viabilidad —unidades formadoras de colonias garantizadas hasta caducidad— ni la calidad de fabricación de los ensayos clínicos que le dieron su reputación. La normativa española de complementos alimenticios, el Real Decreto 1487/2009, que traspone la Directiva 2002/46/CE, exige que el contenido declarado se sostenga durante toda la vida útil del producto, pero no todos los fabricantes documentan de forma pública sus controles de estabilidad.
Cómo elegir un probiótico si decides tomar uno
UFC, cepa y conservación: lo que de verdad importa en la etiqueta
Si después de leer la evidencia decides que quieres probar un probiótico, hay tres datos de la etiqueta que valen más que cualquier reclamo de marketing:
- Cepa completa, no solo género: busca género, especie y designación alfanumérica de cepa (por ejemplo, Lactobacillus rhamnosus GG, no solo «Lactobacillus»). Sin ese dato no puedes relacionar el producto con ningún estudio concreto.
- UFC garantizadas hasta caducidad, no en el momento de fabricación: hay una diferencia real entre indicar la cantidad en el momento de envasado y garantizarla hasta la fecha de caducidad. Solo la segunda formulación te dice lo que vas a tomar realmente al final del bote.
- Condiciones de conservación: algunas cepas necesitan frío para mantener la viabilidad; otras están formuladas para ser estables a temperatura ambiente. Un producto que necesita nevera y se ha transportado o vendido a temperatura ambiente puede haber perdido buena parte de los microorganismos viables antes de que lo tomes.
Errores frecuentes al comprar
- Elegir por el número más grande de UFC sin mirar la cepa: más cantidad de una cepa sin evidencia específica para tu objetivo no equivale a más efecto.
- Combinar varias marcas «por si acaso»: mezclar suplementos sin criterio no multiplica el beneficio y puede generar molestias digestivas innecesarias.
- Esperar un efecto inmediato: los ensayos con resultados positivos suelen usar periodos de varias semanas continuadas, no tomas puntuales de unos días.
- Sustituir hábitos con evidencia sólida —sueño, vacunación, alimentación, ejercicio— por un suplemento con evidencia todavía modesta.
Cuándo tomarlo, dosis y duración orientativas
No existe una dosis única «para las defensas», porque, como se ha explicado, no hay una declaración de salud autorizada que fije esa indicación. Lo que sí puedes seguir son las pautas generales que suelen acompañar a los productos con evidencia detrás de un uso concreto:
- Momento del día: la mayoría de fabricantes recomienda tomarlo con una comida, para amortiguar el paso por el medio ácido del estómago; más que la hora exacta, importa la constancia diaria.
- Separación de antibióticos: si lo tomas para reducir el riesgo de diarrea asociada a antibióticos, sepáralo del antibiótico al menos 2 horas, para minimizar que el propio fármaco afecte a los microorganismos vivos que estás ingiriendo.
- Duración: los ensayos con resultados positivos suelen usar entre 4 y 12 semanas continuadas; una toma de pocos días rara vez es tiempo suficiente para observar un cambio, si es que llega a producirse.
- Dosis: sigue siempre la indicación del envase del producto concreto que hayas elegido, porque la dosis eficaz varía según la cepa y la formulación; no existe una cifra «para las defensas» aplicable a todos los productos por igual.
Antes de empezar cualquier pauta, y sobre todo si tienes una enfermedad crónica, consulta con tu médico o tu farmacéutica, que pueden valorar tu caso concreto.
Quién debe tener precaución —o evitarlos directamente— sin supervisión médica
Los probióticos se venden como productos de libre acceso y, para la población general sana, el perfil de seguridad descrito en la literatura es bueno. Pero libre acceso no equivale a sin ningún riesgo en ningún caso. Hay grupos concretos en los que administrar microorganismos vivos, aunque sean los mismos que se venden en cualquier farmacia, exige valoración médica previa:
- Personas inmunodeprimidas: quimioterapia activa, trasplante de órgano con inmunosupresión, VIH con recuento de CD4 bajo, tratamiento prolongado con corticoides a dosis altas. En estos casos se han descrito, de forma infrecuente, episodios de bacteriemia o fungemia —paso de los microorganismos del probiótico a la sangre— asociados a su consumo.
- Pacientes críticos o ingresados en cuidados intensivos: varias guías de cuidados críticos desaconsejan el uso rutinario de probióticos en pacientes críticos, precisamente por ese riesgo infeccioso en un contexto de barreras naturales comprometidas (vías centrales, ventilación mecánica, cirugía digestiva reciente).
- Recién nacidos prematuros o con muy bajo peso: cualquier suplementación en esta población debe decidirla y supervisarla el equipo de neonatología, nunca por iniciativa de la familia.
- Personas con vías centrales, catéteres o cirugía digestiva reciente: por el mismo riesgo de translocación bacteriana.
- Alergia documentada a algún componente de la formulación, a menudo lácteos o soja, usados como excipiente en algunas cápsulas.
Si te encuentras en cualquiera de estas situaciones, no tomes probióticos por tu cuenta: habla primero con la médica o el médico que lleva tu caso.
Probióticos frente a vitaminas y minerales: qué apuesta es más segura para las defensas
Si el objetivo real es apoyar el funcionamiento normal del sistema inmunitario con algo que tenga respaldo regulatorio claro, la apuesta con más base son los nutrientes que sí tienen declaración de salud autorizada —los mismos de la tabla de más arriba—, priorizando siempre la comida antes que el suplemento:
- Vitamina D: es el nutriente donde más frecuentemente se detecta un déficit real en población española, sobre todo en invierno y en personas con poca exposición solar. Antes de suplementar sin control, una analítica confirma si realmente la necesitas y en qué dosis.
- Vitamina C: se cubre con facilidad con una alimentación que incluya fruta y verdura fresca a diario —cítricos, kiwi, pimiento, brócoli—; el déficit franco es raro en dietas variadas.
- Zinc y selenio: presentes en carne, marisco, legumbres y frutos secos; relevantes sobre todo en dietas muy restrictivas o veganas mal planificadas.
- Hierro y B12: su déficit tiene causas y consecuencias propias (anemia, fatiga) que conviene diagnosticar con analítica antes de suplementar a ciegas, no solo «por las defensas».
Esto no es un mensaje en contra de los probióticos: es una cuestión de prioridad y de certeza regulatoria. Si vas a invertir en un suplemento con el objetivo declarado de apoyar tus defensas, los nutrientes con declaración autorizada son la opción con respaldo más sólido; los probióticos pueden sumar por otras vías —digestivas, y posiblemente inmunitarias en menor medida y con evidencia dependiente de cepa—, pero no son intercambiables con esa lista.
Alimentación real: alimentos fermentados y probióticos naturales
Antes de gastar en un bote de cápsulas, merece la pena mirar qué hay ya en la despensa. Los alimentos fermentados tradicionales aportan microorganismos vivos, aunque en cantidades y cepas menos estandarizadas —y por tanto menos predecibles— que un suplemento con control de calidad farmacéutico:
- Yogur y kéfir con fermentos activos (revisa la etiqueta): aportan Lactobacillus y Bifidobacterium de forma natural.
- Chucrut y encurtidos fermentados sin pasteurizar: la pasteurización posterior a la fermentación elimina los microorganismos vivos, así que si buscas el aporte probiótico, comprueba que el producto no esté pasteurizado.
- Kombucha: fermentado de té con bacterias y levaduras; el contenido de azúcar residual varía mucho entre marcas, revísalo si te preocupa el aporte calórico.
- Miso y tempeh: fermentados de soja habituales en la cocina asiática, con un perfil de microorganismos distinto al de los lácteos fermentados.
Ningún alimento fermentado, por sí solo, sustituye una dieta variada, y ninguno tiene tampoco una declaración de salud autorizada sobre las defensas: el mismo marco regulatorio que se aplica a los suplementos se aplica a cualquier alegación sobre un alimento.
Errores y mitos frecuentes sobre probióticos y defensas
Mito: «cuantas más UFC, más defensas». La cantidad de microorganismos no es el único factor: la cepa concreta, su capacidad de sobrevivir al ácido gástrico y la evidencia clínica específica pesan más que una cifra grande en la etiqueta.
Mito: «todos los probióticos son iguales, cambia de marca si uno no te funciona». Cambiar de marca sin fijarte en si la cepa es la misma no aporta información útil: puedes estar probando exactamente el mismo microorganismo con otro nombre comercial, o uno completamente distinto sin ninguna relación con el anterior.
Ni un probiótico ni ningún otro suplemento sustituye una dieta equilibrada, el descanso, el ejercicio regular y el calendario de vacunación al día: esa sigue siendo la base con más evidencia para una respuesta inmunitaria saludable.
Mito: «los probióticos curan el resfriado». Ningún estudio serio sostiene esto. Como mucho, la evidencia disponible para algunas cepas apunta a una posible reducción moderada de la frecuencia o duración de los episodios, no a una cura ni a una prevención garantizada.
Que un ingrediente no tenga declaración de salud autorizada no significa que sea inútil: significa que, con la evidencia disponible hoy, no se puede afirmar legalmente un beneficio concreto y medible. La distinción es legal y científica, no una opinión de marketing.
Mito: «si es natural, no puede tener riesgos». Como se ha explicado en el apartado de precauciones, en población inmunodeprimida o crítica el consumo de microorganismos vivos sí se ha asociado, de forma infrecuente, a complicaciones infecciosas serias. Natural no es sinónimo de sin riesgo en cualquier circunstancia.
La cepa importa más que la marca: dos productos con el mismo nombre genérico en el envase pueden tener detrás una evidencia científica completamente distinta si las cepas que contienen no son las mismas.
Preguntas frecuentes
¿Los probióticos refuerzan de verdad las defensas?
No existe ninguna declaración de salud autorizada en la Unión Europea que permita afirmar que los probióticos «refuerzan las defensas»: esa alegación concreta no ha superado la evaluación de la EFSA para ningún producto. Hay evidencia científica independiente, de calidad moderada-baja y dependiente de la cepa concreta, sobre un posible efecto modesto en infecciones respiratorias leves y en diarrea asociada a antibióticos, pero no equivale a una promesa de blindaje inmunitario.
¿Qué probiótico es mejor para las defensas?
No hay un mejor probiótico para las defensas válido para todo el mundo, porque no existe una indicación autorizada única para juzgarlo. Lo que puedes comparar es la evidencia específica de cada cepa para el uso que te interese —respiratorio, digestivo, diarrea por antibiótico— y elegir en función de eso, idealmente con el consejo de tu farmacéutica.
¿Cuánto tiempo tengo que tomar probióticos para notar algún efecto?
Los ensayos clínicos con resultados positivos suelen mantener la toma entre 4 y 12 semanas seguidas. Tomarlo unos días sueltos, o solo cuando ya tienes síntomas de catarro, no coincide con la pauta estudiada y es poco probable que baste para notar diferencia.
¿Puedo tomar probióticos todos los días, de forma continuada?
En población general sana, tomarlos de forma continuada suele considerarse seguro según la evidencia disponible, aunque no hay necesidad demostrada de tomarlos de por vida. Si tienes dudas sobre tu caso, coméntalo con tu médico o farmacéutica, sobre todo si tienes alguna enfermedad crónica.
¿Los probióticos tienen efectos secundarios?
Los más frecuentes son digestivos leves y pasajeros: hinchazón, gases o cambios en el ritmo intestinal durante los primeros días. En personas inmunodeprimidas, con vías centrales o en estado crítico se han descrito, de forma infrecuente, infecciones más serias por translocación del microorganismo, por lo que esos grupos deben evitarlos sin supervisión médica.
¿Es mejor tomarlos en ayunas o con la comida?
La mayoría de fabricantes recomienda tomarlos con una comida para amortiguar el paso por el ácido del estómago. Más que la hora exacta, importa la constancia: tomarlo todos los días a una hora similar durante el periodo recomendado en el envase.
¿Los alimentos fermentados sustituyen a un suplemento probiótico?
Aportan microorganismos vivos, pero en cepas y cantidades menos estandarizadas que un suplemento con control de calidad farmacéutico, así que no son directamente equivalentes. Aun así, incluir yogur o kéfir con fermentos activos, chucrut sin pasteurizar o kombucha en la dieta habitual es una forma razonable de sumar microorganismos vivos sin necesidad de un suplemento.
¿Puedo tomar probióticos a la vez que un antibiótico?
Sí se puede, pero conviene separar la toma del antibiótico y del probiótico al menos 2 horas, porque el antibiótico puede reducir la viabilidad de los microorganismos vivos. Cepas como Lactobacillus rhamnosus GG o Saccharomyces boulardii cuentan con más evidencia específica para reducir el riesgo de diarrea asociada al tratamiento.
¿Son seguros los probióticos en el embarazo y la lactancia?
La decisión de tomar un probiótico en el embarazo o la lactancia, y con qué cepa, debe valorarla tu ginecóloga o matrona, porque no todos los estudios de seguridad se han hecho específicamente en esta población. No lo empieces por tu cuenta sin consultarlo antes.
¿Qué relación tienen los probióticos con la piel y con la menopausia?
Son cuestiones relacionadas pero distintas, con su propia evidencia específica: la piel y los cambios hormonales de la menopausia tienen una relación propia con la microbiota, diferente de la relación con las infecciones respiratorias. Puedes ampliarlo en nuestras guías de probióticos para la piel y probióticos en la menopausia.
¿Necesito receta para comprar probióticos?
La mayoría de suplementos probióticos en España se venden sin receta, como complemento alimenticio de venta libre en farmacia, parafarmacia o herbolario. Que no exijan receta no significa que no convenga pedir consejo profesional, sobre todo si tomas otra medicación o tienes una enfermedad crónica.
¿Puedo tomarlos con anticonceptivos?
No hay evidencia de que los probióticos habituales reduzcan la eficacia de los anticonceptivos hormonales, a diferencia de algunos antibióticos de amplio espectro. Si te han recetado un antibiótico junto con tu anticonceptivo, esa es la interacción que debes comentar con tu médica, no la del probiótico.
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